Todavía retumban en
mis oídos las palabras que me escupió anoche cuando se separaba
de mi cuerpo aplastado e indiferente, después de eyacular:
“Das asco, te has convertido en una maruja gorda y fofa. Y
encima lerda” Y fue el tono más que las palabras, lo que realmente
me hirió hasta lo más hondo.
¿Es esto lo que querías? ¿Por esto te has dejado aniquilar?
¿Son estas las maravillas del amor? ¿Son estas las bondades de
la familia? ¿Por compartir casa, que no vida, con este hombremi-
gran-amor he dejado de ser? Si es así, el sentimiento del
amor es tan nocivo como el del odio, aunque yo ya apenas sé
distinguirlos. ¿Quién me iba a creer si afirmara que le sigo amando
mientras le odio? Y que por no querer dejar de amarle me he
dejado morir. Por aferrarme a mis sueños, por el deseo de compartir
una vida en pareja, he dejado de tener vida. ¡Qué trampa
mortal! Al huir de la soledad física he caído en el aislamiento
de la soledad en compañía.
¿Cuándo empezó esta pesadilla? Ahora lo veo claro gracias a
las preguntas. Me dejé llevar tanto por mis sentimientos que
llegué a encontrar placer en sentirme dominada. Él era mi dios
y como tal tenía derechos sobre todo mi ser. Hice lo que me
habían enseñado que tenía que hacer para mantener a mi pareja:
Ceder. Primero cedí en dejar de ir al gimnasio aunque él ni siquiera
mi obligó a que lo hiciera. Sólo tuvo que poner mala
cara cuando yo volvía a casa con los músculos doloridos y el
cuerpo lleno de deseo de él. Un día: “Nos vemos tan poco y tú
prefieres ir al gimnasio que estar conmigo”. Otro día: ”¿Qué
hay en el gimnasio que te gusta tanto, acaso disfrutas mirando a
los musculitos?” y así, cada martes y jueves, hasta que decidí
dejarlo. Pensé “no vale la pena”. Pero claro que valía la pena.
Después fui modificando mi forma de vestir de acuerdo con
los comentarios que iba dejando caer aquí y allá, “Es bonito tu
disfraz” “Vas llamando la atención” “¿Siempre tienes que llevar
ropa dos tallas menor?” “Ahí va ella, marcando pecho”,
hasta que ya sólo tenía que mirarme para que yo decidiera no
volver a utilizar ese vestido o esa camiseta amarilla y azul marino
que me quedaba tan bien. Los celos le enloquecen hasta el
extremo de llegar a llamarme puta por haber hecho el amor antes
de conocerle.
Y así fui cediendo en mil pequeñas cosas que no eran tan
pequeñas cuando estaban todas juntas y que al final me han
convertido en esto que ni yo soy capaz de respetar. Cedí y cedí
ya casi sin convicción, por mera inercia. Hasta que llegó un día
en que [i][b]esperaba su reacción ante cualquier palabra que yo dijera
y su reacción llegaba cada vez con más dureza, más seca,
más despectiva, más hiriente.[/i][/b
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